Logia Masónica Guillem de Montrodón, de Zaragoza

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Guillem de Montrodón

Iniciación Masónica Rectificada

Régimen Escocés Rectificado

Templo Masónico Zaragoza

Orden Caballeros del Temple

 


 Guillem de Montrodón, castillo Monzón

Guillem de Montrodón, Maestro del Rey Jaime I el Conquistador - 4


      Cercano a marchar de mi estancia en Monzón, cada día estaba más formado y con espíritu combativo, y mi Maestre Guillem de Montrodón me contestaba:

    "Señor..., respeto vuestras ilusiones, admiro y comparto vuestra idea..., pero soy viejo y la fuerza de un joven como vos me abruma, pero... ¿qué diríais vos, del perro que olvida sus propias pulgas para rascar las del vecino?

    Dejad tranquilos a los locos, que griten y se dejen matar por su ideal de martirio. Los hombres de todas las épocas van gritando con toda su fuerza, sin percatarse que su voz queda apagada en el desierto, excepto la de aquellos que en silencio colaboran con la naturaleza".

    "Nuestro cerebro se asemeja a una cueva en la que poco a poco guardamos objetos visibles e invisibles, y de vez en cuando, expresamos con la fuerza y el fuego de un dragón alado".

      Maestre Guillem de Montrodón, cuando sea Rey, ¿estaréis a mi lado para que mi espíritu no desfallezca?

    "Quizás cuando me necesitéis, habré pasado la frontera del Jardín. Sin embargo, hay un Cruzado que destaca para estar a vuestro lado, os pido por vuestro bien, que lo tengáis en gran estima por ser de corazón puro.

    A éste, más adelante lo necesitaréis, será un erudito médico, filósofo, cristiano, alquimista, llamado..." Me dijo al oído su nombre, para que no fuera expuesto a oídos indiscretos.

      Aprendí de Guillem de Montrodón en Monzón, que un Rey no puede ser sólo un hombre que ciñe una Corona real y que manda a su antojo a sus súbditos.

    Aprendí que un Rey, para serlo de verdad, tiene que merecer el poder que Dios le ha concedido y que, en cada instante de su vida, tiene la obligación inexcusable, por más insignificante que esto pueda parecerle, de velar por la unión y la libre concordia de todos sus súbditos.

    Salir de Monzón, fue para mí, entrar definitivamente en mis Reinos, sabiendo que era Rey y que como Rey tenía que actuar.

    Jurar en Sigena, ante la tumba de mi padre, fue afirmarme en todo lo que había obtenido de las enseñanzas de Guillem de Montrodón en Monzón.

    Había jurado cumplir como Rey por encima de todas las penalidades que se me pudieran presentar.


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