Logia Masónica Guillem de Montrodón, de Zaragoza

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Guillem de Montrodón

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Régimen Escocés Rectificado

Templo Masónico Zaragoza

Orden Caballeros del Temple

 


 Guillem de Montrodón, Gran Maestre Orden Temple

Guillem de Montrodón, Maestro del Rey Jaime I el Conquistador - 3


      Cuando conquisté Valencia y hube de indicar el símbolo para esa ciudad, no pude por menos que recordar por un instante lo que me dijo mi Maestre Guillem de Montrodón del murciélago.

    Maestre, le dije, ¿por qué vuelan en la obscuridad y no se golpean contra los muros ni contra los árboles?

    Guillem de Montrodón me respondió: "Eso sucede porque ven más allá de donde alcanza nuestra vista. La luz del día los deja ciegos, no dejándoles ver nuestro mundo, pero en cambio ven más allá de donde alcanza nuestra vista.

    Lo que para nosotros son tinieblas y misterio, para ellos es luz. Lo mismo que los ojos del alma, que un día podrán ver todo el misterio de la muerte, que para nosotros es tan obscura".

      En otro momento que pasé descansando a orillas del Río Cinca, le pregunté a Guillem de Montrodón sobre lo rápido que pasa el tiempo y sobre apuntes que guardaba para éstas ocasiones.

    Las palabras de Guillem de Montrodón eran como un bálsamo para mí, suavizando mi espíritu inquieto:

    "El tiempo es una mentira en la mente del hombre y una idea en la de Dios, que todo lo tiene presente.

    Escucha el rumor de la corriente en cualquier río, él te enseñará a oír, cómo has de contemplar la vida y juzgar a los hombres; sin embargo, por tu situación a lo largo de tu reinado, te verás obligado a dañar a unos, para favorecer a otros".

    "Recuerda cuando visites Tierra Santa, que allí encontró el Temple a Maestros Sufís, que nos abrieron de par en par los ojos del alma para ver más allá de nuestro pobre cuerpo mortal".

    "Sube a menudo a tu morada para encontrarte a ti mismo y cuando bajes, vuelve a coger lo que dejaste, porque sin ello estarás a merced de los vientos y de los hombres".

      Recuerdo el sentido de la caridad y la benevolencia de Guillem de Montrodón, visitando el pueblo en día de mercado. Todo el mundo le saludaba sonriente, sin temor alguno, la gente daba la sensación de tenerle un gran respeto.

    Cuando fui mayor, supe del socorro a pobres, enfermos y necesitados que llevaba a cabo.

    Yo no sé cómo, no sabía por qué, pero sentía como mías las palabras de Guillem de Montrodón, como un ideal que algún día, cuando fuera grande, podría cumplir.


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